Durante la Segunda Guerra Mundial, debido a la escasez de alimentos, se tuvo que determinar un mínimo de nutrientes necesarios para no desarrollar enfermedades como escorbuto, pelagra y otras enfermedades relacionadas con la desnutrición. La repartición de comida para cada ciudadano debía mantener unos niveles mínimos, con el fin de que no desarrollara estas enfermedades. Estos niveles, aunque se van revisando, siguen siendo bajos y son los reconocidos por la ley como “Cantidad Diaria Recomendada” (CDR) que aparece en los botes de vitaminas y minerales.

Una cosa es no desarrollar una enfermedad como el escorbuto por falta de vitamina C y otra es sentirse óptimo, o incluso disponer de unas “despensas” nutricionales para superar los baches de la vida, como una gripe, una candidiasis o un periodo largo de estrés. Entre estos dos niveles (mínimo y óptimo) existe un abismo.

Por esto la nutrición ortomolecular trabaja con dosis altas, muy por encima de la “Cantidad Diaria Recomendada”. Trabajamos para potenciar al máximo la salud, no para darle al organismo lo justo y necesario con el fin único de sobrevivir.